Benedicto Jiménez, rebelde con causa
Domingo, 29 de mayo de 2005 | 12:00 am
Policía a tiempo completo. El coronel (r) Benedicto Jiménez saltó a
la luz con la captura del líder senderista Abimael Guzmán. Ahora, lejos
de la institución policial, se ha dedicado, en cuerpo y alma, a gozar
de la lectura, ejercer la abogacía y hacer su pinitos en la televisión.
Tiene un símbolo siempre presente: “la Gringa María”, su madre. Con
Marco Miyashiro, a un año de la captura de Guzmán, en un curso
realizado en Japón, en 1993. Además, junto a quien él llama “la Gringa
María”, su adorada madre, y un hermano. Perfil
NACIÓ. En Pisco, 7 mayo de 1953.
COLEGIOS. Primaria en la Escuela Nacional de Pisco y secundaria en Ricardo Bentín (Rímac).
POLICÍA. Al segundo intento ingresó al Centro de Instrucción de la ex PIP.
EGRESÓ. En 1977 ocupando el primer puesto de su promoción.
AUTOR. De “La captura del siglo”.
ESTUDIÓ. Derecho en la Universidad Federico Villarreal.
POLICÍA A TIEMPO COMPLETO • El coronel (r) Benedicto Jiménez saltó a la luz con la captura del líder senderista Abimael Guzmán.
•
Ahora, lejos de la institución policial, se ha dedicado, en cuerpo y
alma, a gozar de la lectura, ejercer la abogacía y hacer su pinitos en
la televisión.
• Tiene un símbolo siempre presente: “la Gringa María”, su madre.
María Elena Castillo Hijar.
“Mi
esposa se ha puesto muy celosa. Dice que ahora que salgo en la
televisión las chicas me van a buscar”, revela en broma, sonriente, el
coronel (r) Benedicto Jiménez Bacca.
Todavía se siente medio
extraño por su debut en la pantalla chica al presentar “Detrás del
Crimen”, programa que reseña famosos asesinatos cometidos en nuestro
país.
Analista en temas de subversión. Jiménez tiene mucho que
decir en materia policial: fue uno de los principales protagonistas en
la captura del líder senderista Abimael Guzmán, a quien siguió durante
tres años, como integrante del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN).
Ahora,
desde el miércoles último, colabora en la investigación periodística
que recrea casos policiales del programa televisivo. Ayuda de manera
decisiva en la solución de muchos de ellos.
De algún modo este
nuevo oficio le hace revivir su época de investigador, aquella que dejó
–por voluntad propia– el año pasado, cansado de la discriminación a su
labor policial.
Vocación policial
Cuando
era aún un niño, Benedicto soñaba con ser ingeniero civil y construir
viviendas y edificios, como hacía su papá. De adulto, la falta de
recursos económicos lo obligó a escoger la carrera policial.
En
1973 ingresó al Centro de Instrucción de la entonces Policía de
Investigaciones del Perú (PIP). No tardó mucho en darse cuenta de que
había hallado su verdadera vocación. Cuatro años después, se graduó,
ocupando el primer puesto de su promoción, y con espada de honor.
“Para
ser ingeniero se necesita imaginación y creatividad. Lo mismo se
requiere para investigar y entender cómo actuarán los delincuentes”,
señala intentando explicar el giro de más de 180 grados que dio en su
vida.
Lo más difícil para él fue adecuarse al sistema tipo
castrense: levantarse antes del alba, realizar ejercicios hasta
extenuarse, obedecer sin dudas ni murmuraciones.
A esto último
nunca se acostumbró. Precisamente, por decir lo que pensaba en más de
una ocasión le dijeron que “era un oficial rebelde”. Y por eso mismo
durante 12 años le negaron el merecido ascenso a general.
Férrea convicción
El
año pasado, y a solicitud propia, Jiménez pasó a retiro con el grado de
coronel. “Fue una decisión difícil pero necesaria. Ascendieron
compañeros, incluso de promociones anteriores a la mía, y con menos
experiencia”, cuenta.
Su último ascenso fue en octubre de 1992, un
mes después de la captura del máximo líder senderista. En ese momento,
le resultó caro revelar que el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN)
–bajo el mando del prófugo ex presidente Alberto Fujimori y su ex asesor
Vladimiro Montesinos– no había participado en la captura del siglo.
El
coronel confió en que al retornar la democracia las cosas serían
diferentes. Sin embargo, para él nada cambió. Esta vez no gustaron sus
advertencias sobre un posible resurgimiento del terrorismo bajo la
dirección de los mandos encarcelados. Menos aun porque declaró a la
prensa sin pedir permiso a sus superiores.
“Tengo que decir lo
que pienso, lo que creo correcto. Es un valor que aprendí de mi madre”,
dice. Sus ojos se ponen vidriosos, relaja el ceño, casi siempre
fruncido, cuando evoca a su madre: “la Gringa María”.
El mejor ejemplo
“Mi
madre era una enfermera griega que llegó al Perú escapando de la
Segunda Guerra Mundial y la insanía de los nazis. Su destino era
Venezuela, pero terminó en nuestro país”, cuenta, mientras se suaviza su
fuerte e incisiva mirada.
Estaba casada con un español que murió
de embolia pulmonar, dejándola sola y con dos hijos. “Esta oportunidad
fue aprovechada por mi padre, un zambo chinchano, guitarrista y
constructor de obras públicas. Logró embaucarla diciéndole que era
soltero, la enamoró y la hizo su conviviente. Mi padre, cada vez que se
emborrachaba, se jactaba entre sus amigos, gritando que tenía una griega
como mujer, descendiente de los grandes filósofos de la antigüedad:
Sócrates, Platón y Aristóteles”, escribió el propio Jiménez en su libro
“La captura del siglo”.
De ella, afirma, aprendió a ser franco y
sincero, aunque eso sea mal visto en sociedades como la nuestra, en la
que la hipocresía es lo común. “Heredé de ella, esa manera peculiar de
hacer amigos y enemigos”, revela Jiménez.
La recuerda siempre
añorando a sus hermanos, a los que dejó al otro lado del mar. No se
cansaba de enviar cartas cada vez que un barco griego llegaba a Pisco. Y
sus ojos se entristecían cada vez que se cercioraba de que no había
respuesta.
Cuando el pequeño Benedicto la veía así le decía,
esperanzado: “Mamá, cuando tenga dinero te voy a comprar un pasaje para
que vayas a Atenas y visites a tus hermanos”.
Aún le duele no
haber cumplido con su promesa. Sin embargo, antes de su muerte, la
“Gringa María” pudo ver de cerca la gloria de su hijo, aquel negrito que
le hacía renegar con sus travesuras, pero a quien protegía al máximo
del peligro.
De la misma manera actuó él con sus propios hijos, a
tres de los cuales envió fuera del país para alejarlos de la insanía
terrorista. La última se quedó porque aún era pequeña. Los cuatro
–aunque cuestionan sus ausencias– están orgullosos de que él haya
ayudado a pacificar al país.
Benedicto lo está también.
“Yo soy un hombre serio”“Nací
el 7 de mayo de 1953, en una casa de adobe y techo de quincha, ubicada
en un barrio pobre conocido como Santa Rosa, bajo el signo de Tauro que
me hace de mente analítica, reflexivo y perceptivo, amigo de profundas
soledades, con la facultad de adelantarme a la quinta intención de las
personas, cualidades que me ayudaron mucho en mi carrera de investigador
criminal, especializado en la lucha contra el terrorismo”, escribió el
mismo Benedicto Jiménez en su libro “La captura del siglo”.
Quien
lo escucha y lo ve en persona concuerda con sus palabras. De aspecto
severo y mirada fuerte, se califica como un hombre serio. Mara, su
esposa, le da a su vida esa indispensable alegría de vivir para ser
feliz. Se conocieron en un baile, cuando ambos estudiaban para graduarse
de policías. Él, como brigadier de su salón, estaba todo seriecito
cuando, de pronto, apareció una chica que lo invitó a bailar. Desde ese
día solo los separó el trabajo. “Lo bueno es que ella siempre entendió
mis ausencias por el trabajo, tal vez porque también es policía”,
afirma. Producto de esa unión nacieron Fiorella, Alan, Melania y
Alessandra. Los tres primeros viven y estudian en Estados Unidos. La
última -aún en el colegio- alegra su hogar.